
La casona aún es cálida. Pudiendo distinguir la paz compinche, el intercambio de emociones o el respeto mutuo, la distensión es total. En algún lugar de la pequeña Olta, dónde el compadre Felipe Oros refugia a su amigo, su compinche, su brazo.
Desde las andanzas de los fantasmas que acompañan el miedo, aquellos que se hacen llamar fuertes, nobles y civilizados, están sumergiendo las manos en la arena y mirando como esta se les escapa entre los dedos. Eso causa incertidumbre, pero no importa. La casona está armoniosa mientras afuera, estado de sitio.
Los peces grandes suelen tener políticas conservadoras, sin importar las promesas o los sueños justos que se desarrollen en un escenario violento. Esto hace, que el pueblo levante la voz, porque claro, todo es por sus intereses privilegiados.
Así, pareciera que la barbarie es más pacífica que la civilización, o simplemente, todo se trata de un sueño.
Cuando la paz reinaba, la puerta se posee de furia y (que irónico) barbarie. Don Chacho en la mesa compartiendo el desayuno con su hijo y su mujer, contagiado de esa mañana serena, se pone de pie. El mate aún en su mano, era testigo. El capitán Roberto Vera, acompañado de 30 hombres, entra con su mirada estancada en la del Chacho. Le pareció hasta amable, pero lamentablemente no venía a eso. El Chacho, saca su faca (el que desgraciado nace, entre los remedios muere), y se la entrega al capitán: “estoy rendido”.
La casona deja de ser cálida, y un fresco ambiente rodea la escena. El capitán no está acostumbrado a la gente cortés, o a la resuelta pacífica. No sabe lo que es eso.
Un centinela aguarda junto al Chacho en un cuarto de la casona, mientras el capitán hace lo que tiene que hacer… informarle a su superior.
¿Qué mas se puede esperar? La historia nunca fue utilizada para lo que realmente sirve, aprender. Años tras años de derramar sangre, desarmonizando hasta el aire, quebrando almas inclusive de niños. Pareciera imposible soñar con un futuro próspero sin manchar el papel, sobre el cual inmortalizamos las ideas, de sangre. Pero si esto hubiese sido lo ideal, no hubiese sido lo lógico.
Al poco tiempo, cruza el marco de la entrada de la casona el mayor Pablo Irrazábal. Al poco tiempo, el mayor entierra una lanza sobre el pecho del Chacho, indefenso y sin intenciones de atacar. Al poco tiempo, estando el Chacho en el suelo con el pecho atravesado por una lanza, lo acribillan a balazos y le cortan la base de sus ideales: su cabeza.
La cabeza del Chacho fue una macabra exposición durante un tiempo el la plaza de Olta, acumulando moscas y morbo bárbaro. Su esposa, atada con cadenas fue obligada a barrer la plaza de San Juan. El pasto deja de crecer y el aire de hace espeso.
Se han callado las voces de aquella civilización. El mayor responde al gobernador.
El señor Domingo Sarmiento, gobernador de San Juan, el adquisidor del trofeo. Orgulloso de su empeño, su dogma y su liderazgo en la persecución del Chacho le escribe a su colega Bartolomé Mitre: “...he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses".
Ángel Vicente Peñaloza, murió asesinado el 12 de Noviembre de 1863.